Boletín diciembre 2025 OM | CPAU
El patrimonio histórico está instalado en las agendas de las grandes ciudades desde hace un tiempo largo. En Buenos Aires, estudios académicos y reflexiones críticas sobre sus alcances –como las reunidas en el Dossier especial de la Revista Notas CPAU– han revisado la problemática actualizada en relación al Código Urbanístico (CuR). Parte de esos temas, como la “descatalogación” y la “catalogación” de las edificaciones construidas hasta 1941 –el stock más antiguo de la ciudad–, fueron tratados en la última sesión del año 2025 de la Legislatura de la Ciudad, poniendo en relieve las tensiones entre preservación patrimonial, normativa urbana y dinámicas de transformación inmobiliaria.
Con el objetivo de contribuir a esos debates, y a partir de una colaboración entre el Observatorio Metropolitano y la Comisión de Urbanismo del Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo, Paloma Garay Santaló y Agustín Mango han desarrollado un extenso informe: “Miradas sobre el CuR” . El documento suscita una amplia gama de interrogantes: ¿qué edificios o lugares de la ciudad hay que preservar? ¿para qué? ¿cómo? Las respuestas no son sencillas, pero creemos que vale la pena revisitar las preguntas en términos de comentarios de fin de año.
Para situar nuestras preocupaciones, resulta pertinente repasar muy brevemente las alternativas del patrimonio construido, que fueron cambiando a lo largo del tiempo.
A mediados del siglo XIX, cuando el Barón Haussmann llevaba a cabo su ambicioso plan de modernización parisina, la Comisión del Viejo París documentaba, antes de ser demolidos, los edificios y monumentos de épocas pretéritas, mediante fotografías un tanto melancólicas. En ese registro crítico se iban ponderando los valores intrínsecos y urbanísticos de estos hitos singulares. Desde esa perspectiva, se fueron organizando en diferentes latitudes las comisiones de monumentos y sitios históricos. En Argentina, operan desde la década de 1920 y se institucionalizan en los años treinta, con una marcada especialización en el acervo colonial, desplazando el interés arqueológico y antropológico que dominaban las excavaciones de principios del siglo.
Paulatinamente, el interés se fue desplazando desde los objetos a los centros históricos en su conjunto, entendidos como condensadores de la memoria y la identidad de las ciudades y sus sociedades. En este giro, las propuestas seminales de Gustavo Giovannonni fueron haciendo camino en los procedimientos del análisis propuesto por el morfologismo italiano. La transformación de Bolonia en 1969, llevada a cabo por el Partido Comunista italiano, que buscaba recuperar la trama y las tipologías que constituyeron el espacio urbano, evitando el desplazamiento de las actividades y del hábitat de los grupos populares, fue una suerte de buque insignia. Aunque en esa experiencia y en otras similares no se lograron evitar los procesos de “gentrificación”, la mayor parte de las ciudades europeas formularon programas de restauración de los pueblos y de los centros históricos. Estas intervenciones se consagran como una relevante política urbana, que se articularon progresivamente con estrategias más amplias de desarrollo cultural y económico, con financiamiento de los países y de la Comunidad Europea, legitimadas por los lineamientos y cartas de la UNESCO y ampliamente consensuada desde la academia y la gestión pública. Como corolario, la puesta en valor de la arquitectura y los sitios fue incorporando el turismo como mecanismo de generación de recursos y sostenibilidad de las intervenciones.
En muchas ciudades de América Latina –sobre todo en aquellas que no desempeñaron un rol destacado en las políticas imperiales– lo que está en juego es un “patrimonio” más modesto. Diversos estudios se ocuparon de valorar sus particularidades y su rol en la construcción identitaria.
En Buenos Aires, la delimitación del centro histórico se operó en el inicio de la década de 1980, cuando se institucionalizaron las acciones previas impulsadas del Museo de la Ciudad y se ampliaron las consideraciones acerca del “paisaje cultural” y del “paisaje urbano”. A partir del restablecimiento de la democracia, se desplegaron programas como la recuperación de la Avenida de Mayo, la rehabilitación de la Manzana de San Francisco –en el marco de convenios de cooperación con España– y la catalogación de diversos edificios que dieron lugar a la inclusión de las Áreas de Protección Histórica (APH) en el Código de Planeamiento. Esa incorporación colocaba al patrimonio como una dimensión de la gestión urbana, al tiempo que ponderaba los conjuntos –que van más allá de las piezas separadas– de las arquitecturas y espacios que caracterizan lugares y barrios. Por otro lado, se amplió la consideración de “paisaje cultural” del territorio, lo que permitió rescatar enclaves patrimoniales de poblados industriales, mineros y la amplia gama de sitios “naturales” que no tratamos en este texto.
Asimismo, en ese desplazamiento de las piezas a los conjuntos, se fueron sumando “estilos” que van más allá del ciclo colonial y del republicano. La arquitectura moderna –“barco” en el lenguaje popular–, las manifestaciones del brutalismo o del posmodernismo, así como los conjuntos habitacionales de distintas épocas se fueron sumando al catálogo del patrimonio. El Programa Buenos Aires Moderna del CPAU es ilustrativo de esa dinámica de valoración de amplia calidad arquitectónica.
Ahora bien, por detrás de estas iniciativas –que se van transformando y superponiendo en el tiempo– se fueron generando nuevos problemas. Por un lado, es cierto, no son pocas las protestas recientes en Europa, que promueven el “turistas go home”. Las manifestaciones de rechazo, que incluyen a los airbnb y los departamentos temporarios, remiten a un conflicto cada vez más agudo entre la dinámica turística –que elevan los precios de las viviendas– y la realidad de los habitantes –que no pueden pagarlos– que se ven forzados a desplazarse a los suburbios. En ese contexto, ese patrimonio, recuperado desde los valores identitarios de las ciudades y sociedades que lo habitan, es indudablemente un recurso, pero ¿es para ellos o para los visitantes?, ¿quiénes resultan efectivamente beneficiados por su puesta en valor?
Ese tema, de absoluta actualidad en países europeos, está muy lejos del que se vive en las ciudades americanas, el “patrimonio modesto” no siempre es suficientemente valorado. ¿Por qué conservar los conventillos de la Boca o las casas chorizo –un poco deterioradas– o esos petit hoteles que no parecen adaptados para la vida del siglo XXI? ¿Para qué sirven esos edificios que podrían ser sustituidos por unos más “modernos” capaces de estimular el desarrollo de la ciudad? ¿Cómo considerar un desarrollo urbano desde la ciudad existente?
Muchas de esas “cosas viejas”, paradójicamente, constituyen ese “encanto” que perciben los habitantes que valoran sus barrios o los visitantes atraídos por las buenas arquitecturas. En esa ponderación, no se trata solo de “valores simbólicos” sino también de oportunidades para desarrollar negocios más sostenibles que incorporan ese paisaje como recursos para la rentabilidad. Tal vez, en lugar de sustituir piezas por inmuebles idénticos sin cualidad, propios de una dinámica de “urbanalización” –término propuesto por Francesc Muñoz– del paisaje, se podría estimular la creatividad, articulando lo nuevo y lo existente. En ese sentido, el patrimonio convenientemente seleccionado, podría constituirse en un atributo para el desarrollo urbano, y también, el inmobiliario. Y por lo demás, conviene recordar que no todo lo “patrimoniable” fue construido antes de los años cuarenta…
El estudio Miradas sobre el CuR, repasa los instrumentos de la protección patrimonial actuales, en tanto invita a revisar qué cosas están “bien” y cuáles conviene repensar. Por supuesto, no se trata de “conservar” todo lo viejo. El desafío consiste en seleccionar más finamente, por valores paisajísticos y no “pieza por pieza” aquellos conjuntos que nos remiten a los procesos constitutivos de la ciudad.
La problemática del patrimonio nos enfrenta a otros edificios, lugares y situaciones que, a diferentes escalas, se presentan como parte del “capital”, de los recursos propios de Buenos Aires que necesitamos proteger.
En un listado no exhaustivo, hay varios temas en esa agenda. El área del microcentro, actualmente casi tugurizada, tiene una localización privilegiada, es núcleo de una amplia red de transportes metropolitanos y cuenta con un parque inmobiliario de calidad. Aún estamos a tiempo de pensar y proponer programas para su protección y desarrollo. En esa línea, se identifican los paisajes de los diferentes barrios, esa amplia gama de edificios y “cuadras” de interés arquitectónico. Los vecinos no siempre los defienden por intereses personales y más allá de ellos, la ciudad se beneficia con esa heterogeneidad de densidad media y baja. Otro de los capítulos a cuidar y mantener lo constituyen ese acervo de parques, plazas y arbolado. La recuperación de la Floralis Genérica, obra de Catalano, es una importante manifestación de que muchas operaciones son posibles.
A otro nivel, Buenos Aires es también portadora de valores de urbanidad y de mixidad social que es necesario proteger. En ese sentido, convendría evitar que los ricos y los pobres abandonen la ciudad. Alquileres protegidos, políticas sociales, espacios de contención para quienes “se caen del sistema” no son gastos, son inversiones orientadas a sostener una ciudad diversa e integrada.
En síntesis, podríamos seguir enumerando los componentes del patrimonio porteño. Sería deseable que las políticas urbanas y el marketing, sin lugares comunes, logren rescatar todo eso que ya existe. Estamos convencidos que es posible resguardar el conjunto de ese patrimonio porteño. En ese sentido, más que oponer viejo vs. nuevo, o preservación vs. desarrollo, conviene hacer visible lo invisible, reconocer los matices, conocer lo que hay y lo que falta. Dicho de otro modo, creemos que tenemos que resguardar muy cuidadosamente el “chasis” de Buenos Aires, establecer diálogos con todos los actores de la ciudad para superar las oposiciones, formulando al mismo tiempo nuevos proyectos. Repensar la ciudad desde el patrimonio, en sentido amplio, es uno de los desafíos del OM para el próximo año.
Nuestros deseos por un excelente 2026!
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INFORME
Informe OM|CPAU (2025). Miradas sobre el CuR. Patrimonio de la Ciudad
de Buenos Aires.
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Revista del Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo (2020) n°45 abr. 2020 año XIII | Patrimonio
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Noticias
- Tiempo Argentino - 20/diciembre/2025: Al rescate de los edificios demolidos en la Ciudad: los influencer que saltaron de las redes a un libro
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- Tiempo de Belgrano - 19/diciembre/2025 - El bajo Belgrano va perdiendo su identidad
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- Pura Ciudad - 18/diciembre/2025: San Telmo: denuncian excavación ilegal y daño patrimonial en el histórico mercado
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- CLARÍN - 8/diciembre/2025: Patrimonio en riesgo: la arquitectura amenazada en la Ciudad de Buenos Aires
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