08.04.2026 LA DICTADURA Y LA CIUDAD

Una espada gigante clavada en la tierra

Autor: Leonardo Fernández
El Parque Almirante Brown constituye hoy el mayor espacio verde del sur de la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, este paisaje es también el resultado de un programa urbanístico impulsado durante la última dictadura militar que transformó profundamente este sector de la ciudad.

* Ecólogo urbano, urbanista e investigador docente del Instituto del Conurbano (ICO) en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). También es doctor en Ciencias Sociales. Actualmente es Director de la Licenciatura en Ecología.
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EL BAJO FLORES: UN TERRITORIO EN DISPUTA

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la memoria de la última dictadura suele remitir a los centros clandestinos de detención, a los testimonios de sobrevivientes y a las luchas por la memoria, la verdad y la justicia. Sin embargo, algunas de sus huellas también quedaron inscritas en el territorio urbano. Autopistas, parques, rellenos sanitarios y barrios enteros remiten a las transformaciones impulsadas durante aquellos años. Uno de los lugares donde esa marca resulta especialmente visible es el Bajo Flores, en el sur de Buenos Aires.

Durante buena parte del siglo XX, el Bajo Flores fue percibido como un espacio marginal dentro de la ciudad. Se trataba de una extensa zona baja e inundable, atravesada por arroyos y bañados, ubicada en la cuenca del río Matanza-Riachuelo. Allí predominaban grandes descampados, algunas actividades rurales y ciertos establecimientos industriales dispersos.

Ese paisaje concentraba actividades que la ciudad prefería mantener a distancia. Desde comienzos de ese siglo se instalaron allí basurales y una usina de incineración de residuos; también funcionaron instalaciones industriales, experiencias aeronáuticas tempranas y otras actividades vinculadas a los bordes de la ciudad. En torno a esos usos se formaron asentamientos vinculados a la recuperación de materiales, en particular alrededor de la llamada “quema del Bajo Flores”. Hacia mediados del siglo pasado, sectores de Villa Soldati, Villa Lugano y Villa Riachuelo formaban parte de ese paisaje periférico donde miles de personas sobrevivían recuperando residuos.

Sin embargo, el área también fue objeto de diversos proyectos de transformación urbana. Desde la década de 1940 distintos planes imaginaron el sur de Buenos Aires como un espacio estratégico para la expansión de la ciudad y la creación de grandes infraestructuras metropolitanas. Entre ellos se encontraba la llamada “operación Ezeiza”, impulsada durante el primer peronismo, que buscaba articular el nuevo aeropuerto internacional con una red de parques, equipamientos deportivos y barrios obreros a lo largo del eje sur del área metropolitana.

Dentro de ese esquema se proyectaba un gran sistema de espacios verdes que conectaría la ciudad con los bosques de Ezeiza. El Bajo Flores aparecía allí como una pieza clave: un territorio que debía ser saneado y transformado en “el parque de los trabajadores”, un gran parque urbano destinado al uso popular (Ballent, 2005).

Muchas de estas iniciativas quedaron inconclusas. El golpe de Estado de 1955 interrumpió varios proyectos impulsados durante el primer peronismo y el gran parque proyectado para el sur de la ciudad nunca llegó a materializarse plenamente.

      

Imagen 1. Plano de la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores (1892), publicado por Pablo Ludwig. En el sector sudoeste se distingue el amplio Bañado de Flores, una zona baja y anegadiza vinculada a la cuenca del arroyo Cildañez. La cartografía muestra un territorio escasamente urbanizado, con algunas construcciones dispersas fuera del núcleo urbano consolidado, lo que permite reconocer el carácter periférico del área donde décadas más tarde se desarrollaría el sistema de espacios públicos del sur de la ciudad, incluido el Parque Almirante Brown. Fuente: Pablo Ludwig, Ciudad de Buenos Aires y Distrito Federal (1892).

DEL PARQUE DE LOS TRABAJADORES AL PARQUE DE LA DICTADURA

Durante las décadas siguientes, distintos planes urbanos retomaron parcialmente estas ideas. En particular, el Plan Regulador de Buenos Aires volvió a identificar los antiguos bañados de Flores como un área prioritaria para la intervención urbana y propuso la creación del Parque Almirante Brown.

El programa, formulado en la década de 1960, buscaba sanear y urbanizar el sudoeste de la ciudad mediante el drenaje de humedales, la canalización del arroyo Cildañez y la creación de nuevos equipamientos recreativos, educativos y habitacionales. El proyecto se inscribía en la tradición del urbanismo moderno inspirada en los principios de la Carta de Atenas: zonificación funcional, grandes conjuntos habitacionales rodeados de espacios verdes y operaciones de “saneamiento” del tejido urbano que incluían la erradicación de asentamientos precarios.

Tal como ha señalado Adriana Massidda (2019), el programa combinaba la creación de parques metropolitanos, equipamientos públicos y conjuntos de vivienda social —como el complejo Lugano I-II— al mismo tiempo que proponía la demolición de villas existentes y el desplazamiento de sus habitantes hacia nuevos barrios o hacia otras áreas del conurbano.

Fue recién después de 1976 cuando el destino de ese territorio cambió de manera decisiva.

Tras el golpe de Estado de 1976 y la designación del brigadier Osvaldo Cacciatore como intendente de la Ciudad de Buenos Aires, el Bajo Flores quedó integrado a un conjunto más amplio de intervenciones territoriales impulsadas por la Municipalidad, destinadas a reorganizar el sur de la ciudad. En esos años se produjo una profunda transformación del sistema de gestión de residuos y del paisaje urbano del área.

Las usinas incineradoras de basura fueron clausuradas y se prohibió el uso de incineradores domiciliarios. Paralelamente se creó el CEAMSE, organismo encargado de implementar un nuevo sistema de disposición de residuos mediante rellenos sanitarios en el área metropolitana. Las cenizas y residuos acumulados durante décadas comenzaron a utilizarse para rellenar los terrenos bajos del antiguo bañado de Flores, contribuyendo a la transformación física de ese territorio.

Estas intervenciones formaban parte de una estrategia territorial más amplia vinculada al proyecto del Cinturón Ecológico del Área Metropolitana de Buenos Aires (Fernández, 2020).

Al mismo tiempo, el proceso fue acompañado por una política sistemática de erradicación de villas. Entre 1976 y comienzos de la década de 1980, la población que habitaba en villas de la ciudad pasó de más de 200.000 personas a poco más de 30.000, como resultado de desalojos, demoliciones y traslados hacia distintos municipios del conurbano impulsados por la Municipalidad de Buenos Aires (Oszlak, 1991).

Dentro de ese mismo proceso se inscribe también la creación del Parque Julio A. Roca, ubicado dentro del sistema del Parque Almirante Brown. La elección de su nombre tiene una clara carga histórica. La figura del general Roca, asociada a la llamada Conquista del Desierto, remite a la expansión territorial del Estado argentino sobre los territorios indígenas durante el siglo XIX.

En el contexto de la última dictadura, la denominación del parque puede interpretarse como parte de una operación simbólica de apropiación territorial que evocaba la idea de conquista y ordenamiento del territorio. Sobre un área previamente ocupada por basurales y asentamientos precarios, el nuevo parque representaba así una suerte de reconquista urbana del sur de la ciudad.

        

Imagen 2. Plano de usos del suelo del proyecto Parque Almirante Brown. El esquema refleja el programa de urbanización del sudoeste de Buenos Aires propuesto por el Plan Regulador en la década de 1960. Fuente: MCBA, Centro Urbano Integrado Parque Almirante Brown (1965). Reproducido en Massidda (2019).

INTERAMA Y LA TORRE QUE DOMINA EL SUR

Sobre ese territorio comenzó a tomar forma un proyecto urbano inesperado: un parque recreativo de escala internacional inspirado en los grandes complejos temáticos de Estados Unidos. Para su desarrollo fue convocado el ingeniero ítalo-estadounidense Antonio Battaglia, quien había participado en la construcción de parques temáticos de Disney, con la intención de replicar ese modelo de entretenimiento.

El emprendimiento recibió el nombre de Interama.

El parque formaba parte de una estrategia más amplia de renovación urbana del sur de la ciudad. La iniciativa se integraba a otras intervenciones impulsadas durante la dictadura —la construcción de autopistas, la extensión de la línea E de subte, el premetro y la reorganización del sistema de residuos— destinadas a redefinir los usos del espacio metropolitano mediante políticas de renovación urbana y control territorial (Tavella, 2018).

Más allá de la represión directa que caracterizó al régimen, muchas de estas intervenciones formaban parte de formas más persistentes de control territorial: infraestructuras, parques y grandes dispositivos de ocio que, bajo la promesa de recreación y modernización urbana, reorganizaban el espacio de la ciudad y producían nuevas formas de ordenamiento social.

En el centro de ese complejo se levantaría una estructura singular: una torre de más de 200 metros de altura destinada a convertirse en el símbolo del parque. Construida en hormigón armado y fundada a más de treinta metros bajo la superficie, la torre alcanzó los 208 metros de altura, lo que la convirtió durante varios años en la estructura más alta de América del Sur.

La torre fue diseñada como un mirador panorámico con restaurante que, según los anuncios de la época, sería giratorio, inspirado en estructuras similares construidas en distintas ciudades del mundo durante esos años. Su silueta estilizada podía verse desde distintos puntos de Buenos Aires y se transformó rápidamente en un nuevo hito del paisaje urbano del sur de la ciudad.

Uno de los ingenieros involucrados en su construcción describió su forma con una imagen sugestiva: una espada gigante clavada en la tierra.

La metáfora resulta inquietante cuando se la observa en el contexto histórico en que fue erigida. La torre se levantaba precisamente sobre un territorio donde pocos años antes habían sido erradicadas villas enteras y desplazadas miles de familias.

El proyecto Interama también estuvo atravesado por los mecanismos financieros característicos del plan económico de la dictadura. La construcción del parque se financió mediante créditos externos otorgados a empresas privadas y avalados por la política económica impulsada por el ministro José Alfredo Martínez de Hoz. A comienzos de los años ochenta, esas obligaciones terminaron integrando el proceso de estatización de la deuda privada, por el cual numerosas deudas empresariales fueron transferidas al Estado. Como ocurrió con otros emprendimientos de gran escala de la época, los costos del proyecto terminaron siendo absorbidos por el sector público (Fernández, 2020).

Con el paso del tiempo, el parque de diversiones que había dado origen al proyecto fue perdiendo impulso y terminó cerrando sus puertas. Sin embargo, el predio continúa existiendo como Parque de la Ciudad, uno de los mayores espacios verdes del sur porteño. Allí permanece la torre —hoy denominada Torre Espacial— cuya silueta sigue dominando el horizonte del Bajo Flores y recordando las distintas capas históricas que atravesaron ese territorio.

       

Imagen 3. La ex torre Interama —actual Torre Espacial del Parque de la Ciudad— domina el paisaje del sur de Buenos Aires. Su silueta fue comparada con una “espada gigante clavada en la tierra”. Foto: María del Rosario Costa (2013).

PAISAJES CON MEMORIA

Con el paso del tiempo, el Parque Almirante Brown se incorporó al paisaje cotidiano del sur de la ciudad. Sus lagos, canchas, senderos y avenidas internas son recorridos diariamente por miles de personas que lo atraviesan, lo utilizan o lo habitan de distintas maneras. Pero ese uso cotidiano convive con una historia más larga de intervenciones, desplazamientos y conflictos que todavía pueden leerse en el territorio.

En este sentido, el paisaje urbano funciona como un archivo material de las decisiones políticas que lo produjeron.

En el Bajo Flores se superponen al menos tres momentos distintos: el urbanismo social del primer peronismo, que imaginó allí un gran parque popular; la planificación desarrollista de mediados del siglo XX, que buscó integrar ese territorio a la expansión metropolitana; y las intervenciones de la dictadura, que combinaron políticas de saneamiento ambiental, erradicación de villas y grandes emprendimientos recreativos.

Pero ese territorio también ha seguido siendo escenario de conflictos urbanos más recientes. En 2010, el cercano Parque Indoamericano, parte del mismo sistema de espacios públicos del sur de la ciudad, fue ocupado por miles de familias que reclamaban acceso a suelo y vivienda. Aquellos episodios volvieron a poner en evidencia, de forma dramática, las tensiones históricas entre espacio público, desigualdad urbana y políticas de control territorial.

La torre que se eleva sobre el parque sigue siendo visible desde muchos puntos de Buenos Aires. Su silueta forma parte del horizonte urbano, aunque para muchos pase inadvertida.

Tal vez por eso la imagen que la describe como una espada gigante clavada en la tierra resulta tan potente. Porque esa estructura continúa señalando un territorio donde la historia urbana y la historia política del país se entrelazan de manera profunda.

A cincuenta años del golpe de Estado, mirar estos paisajes permite reconocer que la memoria de la dictadura no se encuentra solamente en los archivos o en los sitios señalizados. También permanece inscrita en parques, infraestructuras y territorios que surgieron de aquellas transformaciones, y en los conflictos urbanos que todavía hoy atraviesan el sur de la ciudad.

BIBLIOGRAFÍA

-Ballent, A. (2005). Las huellas de la política: vivienda, ciudad y peronismo en Buenos Aires, 1943–1955. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.

-Fernández, L. (2020). La muralla verde: urbanismo y ecología en tiempos de dictadura en el Gran Buenos Aires (1976–1983). Los Polvorines: Ediciones UNGS.

-Massidda, A. L. (2019). El Parque Almirante Brown y el Team 10 como proceso de apropiación creativa (Buenos Aires, 1961–1976). AREA, 25(1), 1–22. https://www.area.fadu.uba.ar/wp-content/uploads/AREA2501/2501_massidda.pdf

-Oszlak, O. (1991). Merecer la ciudad. Los pobres y el derecho al espacio urbano. Buenos Aires: CEDES–Humanitas.

-Tavella, G. (2018). Interama: el parque de diversiones para la ciudad de Buenos Aires de la dictadura militar (1976–1983). Clepsidra. Revista Interdisciplinaria de Estudios sobre Memoria, 5(9).