Qué desastres reales implican la gentrificación

El fenómeno del proceso urbano exacerbado por crecimientos inmobiliarios desmedidos, comercios sin control y zonas de viviendas convertidas en countries es desmenuzado por la ensayista y crítica cultural Barbara Pistoia. Página 12

Por Ines Hayes
17 de abril de 2026 - 0:02

Barrios sin gas natural ni cloacas conviven con countries 5 estrellas, trabajadores y trabajadoras se levantan a las 4 de la mañana para llegar -en varios medios de transporte- a sus trabajos en condiciones precarizadas, cientos de adolescentes tienen que dejar la escuela porque sus familias no pueden sostener su educación. La desigualdad crece en las ciudades de todo el país, el aumento de los alquileres empuja a la clase trabajadora a los márgenes y en los centros urbanos se multiplican los desarrollos inmobiliarios. El resultado es que miles de personas se quedan sin vivienda y miles de casas se vacían para esperar alquileres temporarios en dólares. En Una guerra en paz (Marciana), Bárbara Pistoia analiza el fenómeno de gentrificación (acuñado en 1964 por la socióloga Ruth Glass para describir el desplazamiento de la clase obrera en Londres por la clase media-alta) en las ciudades argentinas.

“El libro nace de la urgencia de pensar qué ciudades queremos, qué ciudades permitimos, qué ciudades hacemos, de señalar si vamos a seguir pensando todas las ciudades del país desde Buenos Aires, más aún, desde unas pocas cuadras de algunos de los barrios más elitistas y/o progres de Buenos Aires. Me interesaba también registrar una estructura que nos muestra que la gran mayoría de lo que nos pasa no es individual”, dice a Las12 la investigadora porteña, que vive hace un año en Rosario. “No te pasa solo a vos”, explica y señala que eso importa porque de esos reconocimientos pueden nacer nuevas organizaciones.

Es muy interesante la forma en que trabajás el concepto de capitalismo y neoliberalismo vinculado con el tema de la gentrificación y la cultura, ¿podrías profundizar?

-La gentrificación es un proceso de desplazamiento y desafectación. Es una idea de ciudades con ciudadanos desafectados, lo que no significa pasivos, al menos a priori —no desplazados aún— se los necesita entretenidos. Los desplazamientos no pueden darse sin las inyecciones culturales, que además dan la pauta no solo de quiénes pueden acceder a una vivienda, de los precios alrededor de esa vivienda, sino qué comercios pueden abrir alrededor de esa vivienda. Es realmente muy amplio lo que se abre acá, en todo caso decir que se desplaza la práctica y el acontecimiento cultural para dar lugar a una producción cultural específica a las necesidades del mercado y del Estado para ese barrio específico, o puede ser también para determinadas industrias o fechas.

¿Te referís a la cultura como mercancía?

-Me refiero a cómo la política cultural de la gentrificación se reduce a una producción cultural propagandística y seriada, que piensa e invita a una ciudadanía ya no como ciudadana —sujeto social, cultural, político activo—, sino como consumidor. Participan de todo, no se involucran en nada (no hay espacio al acontecimiento, todo es actividad producida). Tal vez la mejor forma de explicarlo sea retomando la idea de los terceros espacios: esos espacios que aun siendo algunos comerciales, es decir, aun necesitando el consumo del vecino, habilitaban la posibilidad del acontecimiento social y cultural porque no estaban invadidos de entretenimiento, de programación, etcétera. Además del lazo social, el negocio de barrio como piedra fundacional de una cultura de confianza. Ahora eso ya casi no ocurre. Todo tiene una agenda y prácticamente ninguna agenda se pregunta a qué ciudadanía le hablan, le hablan a un vecino global, o buscan el efectismo, la reacción instagrameable. Y los negocios de barrio rebotan entre el autoservicio o la atención despersonalizada, no muchas veces pueden durar más de dos años, porque los alquileres se vuelven imposibles o porque hay más negocios que vecinos. Sin contar cómo son: incómodos, lo que querés consumir tiene palabras o conceptos mitad en inglés y mitad en francés, lenguaje digital, de redes, cartas solo de QR, empleados precarizados y mal tratados que obviamente no les interesa para nada el cliente que ya ni deja propina, y así todos los lazos sociales se rompen desde lo más próximo a uno, que es su barrio.

¿Cómo nace esta problemática?

-Nace de reconocer primero una maniobra inmobiliaria en Inglaterra, que afecta directo a la clase obrera, y en paralelo, bajo otras circunstancias ocurre en Nueva York una fuerte y violenta presión inmobiliaria para que los barrios con mayor presencia negra y latina sean también modificados poblacionalmente. Es bajo esa violencia que ya bajo la presidencia de Reagan se caracteriza el proceso de la gentrificación y se construye un relato para legitimarla. No solo es un problema social, y tampoco es solo responsabilidad de los que creemos que son los malos de la historia. Es literalmente el viejo y preciado “es más complejo”. ¡Y es muy complejo! Y se agrava en esta ausencia de capacidad política que estamos sufriendo. En algún punto el deseo del libro es volver a la condición política de lo político e ir contra del mantra de los últimos años “habitar las contradicciones”. No, hay que deshabitar las contradicciones, la contradicción genera una incomodidad que te empuja a moverte. Si hacés nido ahí, no hay movimiento. Ahora también usan la idea de los refugios, un horror, como si todo el mundo tuviera refugios, como si la idea de afectos y refugios fuera la misma para todos los que sufren un país en miseria y violento. La parálisis biempensante, bienintencionada: todo eso es un plomazo, demagogia, inmadurez. No hay manera de volver a lo político, al bien común, a imaginar no solo un futuro posible sino con posibilidades de vida para todos si seguimos practicando la política desde el consumo y la estética, desde la complacencia y la endogamia.

También hay otro concepto que manejas que es súper interesante, el de quienes merecen vivir en las ciudades según el Mercado, ¿qué nos podés decir sobre la gentrificación y los progresismos?

-Todas las ciudades van camino a la saturación. La mayoría de las grandes ciudades ya están saturadas. Los poderes económicos y políticos están pensando las ciudades para el turismo, como experiencia global. Lo que me parecía importante destacar en cuanto al progresismo y la gentrificación en sí es que hay una transversalidad. La gentrificación no son solo “los malos”, el progresismo no es uno solo, atraviesa todas las ideologías, en todos los partidos hay una pata progresista. Un progresismo hijo del causismo: personas politizadas o adherentes a una sola causa. En nuestro país hay que pensar estos ángulos con el peronismo también, un peronismo que está totalmente confundido en sus comprensiones y acciones. Yo hoy miro peronismo y veo solo una clase media y alta, blanca (aunque se esmera en autopercibirse morocha y “choriplanera”), porteñocentrista, delirante ya en algunas omisiones y en el nivel de conclusiones que sacan con tal de seguir pensándose a sí mismos como los buenos y víctimas del voto ajeno. Desde esa victimización van pidiendo sacrificios y ofrendas que no hacen ni dan, a gente que no son capaces de mirar a los ojos ni de escuchar. Y el colmo es que ese peronismo tiene una cantidad de voceros, digamos figurines mejor, por lo general masculinos, que no plasman grandes diferencias con los libertarios, no solo porque se entrevisten entre sí, que es lo que menos grave me parece, sino porque creen que las mujeres, los feminismos, el ambientalismo, la comunidad queer somos un problema. Y dicho así es un elogio y advertencia: está bien que sepan que somos un problema, ja.

En otra parte del libro contás el proceso de cómo en Estados Unidos se elevó el crack para destruir barrios y comunidades, ¿se puede decir algo similar de Rosario?

-No. Pecando de reduccionista, el crack es una medida más dentro de un proceso sostenido de políticas de exterminio sobre negros inicialmente, y luego también sobre latinos. A lo largo de los siglos hay cientos de maniobras así, bueno, hasta hoy. Plantar el crack en ciertos barrios para que se lleve puestos a todos fue una maniobra más, en ese momento, muy necesaria para medir el poder político en juego y recalentar la Guerra Contra las Drogas, otra de las grandes maniobras para encarcelar negros y latinos, y por otro, bueno, funciono un poco como “si no te encarcelo, esta droga te mata y de igual manera es un negro o un latino menos, y así también vamos limpiando estos barrios que necesito gentrificar”. Además el crack es imposible de pensarse separado de la época revolucionaria, también había ahí un castigo, una definición de enloquecerlos más, de romper lo poco no roto que quedaba. Lo de Rosario se enmarca más en el avance del narco y del crimen organizado en Latinoamérica, con un crecimiento que delata principalmente una ausencia de Estado abismal en cada una de esas comunidades, y a la vez, paradójicamente, mucha presencia del Estado a la hora de resolver o empeorar, no solo la llegada, sino la convivencia de las ciudades con esos focos. Lo que siempre está bueno decir es que Estados Unidos por supuesto es activo en cómo el narco y el crimen organizado avanzó en Latinoamérica, y cómo ha logrado que la narrativa les sea externa. Como si ellos solo fueran víctimas del narco y crimen organizado latinoamericano, como si internamente no tuvieran focos, consecuencias de sus políticas y organizaciones criminales institucionalizadas, y como si en Latinoamérica no hubiera sido resultado de sus injerencias también.

La escritora mexicana Sayak Valencia escribió mucho sobre este tema, ¿qué retomás de ella?

-Me interesa mucho su concepto Capitalismo Gore que te obliga a mirar cómo las consecuencias del sistema cambiaron la forma de narrar la historia, y cómo eso debería alertarnos y también ponernos a cambiar las formas no solo de lucha, sino de interpelar las épocas. Ella dice que antes la historia se contaba por los sobrevivientes, y ahora la contamos con los muertos. En algún punto esa idea dialogaba con la idea que yo quería desarrollar de cómo la vida se precariza porque la muerte no vale nada; en nuestro país, no solo la muerte, sino la desaparición. No todos los duelos importan, no todos tienen derecho al duelo, no a todos se los busca igual, no a todos se los presenta igual a la sociedad, etcétera.

¿De qué otras autoras feministas te valiste para construir el libro?

-Tengo un altar con Angela Davis, Toni Morrison, Audre Lorde y Marguerite Duras. Toni Morrison y la Duras no se sentirían cómodas bajo la categoría “autoras feministas”, y eso lo comparto, a mí me interesa más un justicialismo interseccional, sobre todo cuando hay un ideario e imaginario feminista que se distorsiona en el corporativismo mientras se narra como colectivo. Pero bueno, a ellas cuatro vivo leyéndolas y releyéndolas, están desde siempre y para siempre. Ante la duda, ellas. Los últimos años sigo muy de cerca todo lo que haga Marina Garcés, me volví una soldada de lo que publica. Rosario Castellanos, Rita Segato, María Fernanda Ampuero, Ursula K. Le Guin, Emília Freitas, Chimamanda Ngozi Adichie también son indispensables, no están nombradas explícitamente todas, pero me interesa mucho cómo contar, desde dónde contar, le dedico mucho trabajo a la escritura, a la composición, entonces aunque quizás no siempre haya lugar para nombrarlas o citarlas con algo específico, eso no significa que no estén, que no hayan hecho posible que el libro sea el que es.