En la Ciudad de Buenos Aires la escena se repite sin descanso: contenedores reventados, bolsas tiradas al costado, olor, roedores y veredas que ya no son veredas sino pequeños basurales improvisados. Palermo Online
Salí temprano, con esa luz medio dorada de domingo que tiene Buenos Aires cuando todavía no arrancó del todo. Agarré la bici en Ministro Carranza y encaré para el lado de Plaza Los Andes, tranqui, sin apuro, viendo cómo se despertaba la ciudad.
La vuelta la hice más larga, bordeando por Jorge Newbery, pasando por Plaza Mafalda, siguiendo derecho y cerrando el recorrido otra vez en Carranza. Un circuito simple, de esos que te ordenan la cabeza.
Ahora, lo que no cierra por ningún lado es otra cosa: en todo ese recorrido, los tachos estaban igual. Llenos, sucios, desbordados. Bolsas afuera, olor, mugre acumulada como si nadie hubiera pasado en horas. Domingo a la mañana, sí. Pero justamente: ¿no debería ser al revés?
Por eso esta nota. Porque no es una percepción aislada ni una queja suelta de vecino indignado. Es un recorrido concreto, en una zona puntual, en un horario claro. Y lo que aparece es una postal repetida: la ciudad sucia, abandonada en lo más básico.
Acá no hay épica ni relato. Hay una obligación que no se está cumpliendo. Y no importa si es domingo, feriado o martes a las tres de la tarde: la basura se levanta todos los días. Porque para eso está el Estado. Porque para eso hay un jefe de Gobierno.
Y porque si no, Buenos Aires se convierte en lo que vi hoy: una ciudad que, incluso en su mejor momento del
día, arranca perdiendo.Una ciudad que desborda
En la Ciudad de Buenos Aires la escena se repite sin descanso: contenedores reventados, bolsas tiradas al costado, olor, roedores y veredas que ya no son veredas sino pequeños basurales improvisados. No es una exageración ni un caso aislado. Es una constante. Y en ese marco, la nueva campaña del jefe de Gobierno, Jorge Macri, que apunta a multar a comerciantes por no respetar el horario de disposición de residuos, cae en un terreno caliente.
Porque el problema no es solo cuándo se saca la basura. El problema es que la basura no se levanta como corresponde.
La Ciudad no es Vicente López. No es un distrito chico donde se manejan 20 cuadras y listo. Buenos Aires es una de las capitales más grandes del mundo, una máquina de generar residuos las 24 horas, los 365 días del año. Acá la gente tira basura todo el tiempo. Pretender que todo se ordene en una franja horaria acotada es desconocer la dinámica real de la calle.
Vecinos de distintos barrios lo resumen así, sin filtro, pero con nombre, lugar y contexto:
“Pasás a la mañana, al mediodía o a la noche y los tachos están siempre igual: explotados. No es un tema de horario, es un tema de que no vienen”, dijo Carlos Gómez, comerciante gastronómico de la zona de Palermo, con su local sobre la calle Honduras, donde el movimiento nocturno genera residuos constantes.
“En Dorrego desde Santa Fe hasta Corrientes no levantaron un tacho desde ayer a la noche. Vení y mirá. Mugre, olor y bolsas rotas por todos lados”, explicó Marta Ruiz, vecina de Villa Crespo, quien asegura que la situación se repite varias veces por semana en una de las arterias más transitadas del barrio.
“Los contenedores están sucios, llenos de grasa, con líquidos que chorrean. Los lavan cada tres o cuatro días, cuando se acuerdan. Es un asco”, señaló Diego Fernández, encargado de un edificio en Colegiales, donde el uso intensivo de los tachos agrava el problema sanitario.
“Después te quieren multar a vos. Pero el sistema no funciona. No podés culpar al vecino cuando el servicio está mal”, sostuvo Laura Méndez, dueña de un comercio en la zona de Caballito, quien cuestiona el enfoque de las nuevas medidas oficiales.
“Si el tacho está lleno todo el día, ¿qué querés que haga? ¿Me llevo la basura a mi casa? Esto no es serio”, agregó Juan Pérez, repartidor que recorre diariamente el corredor norte de la ciudad y observa el mismo patrón en distintos barrios.
“Estos pibes no pisan la calle. Desde una oficina todo parece ordenado, pero acá es otra cosa”, apuntó Roberto Salinas, jubilado y vecino de Almagro, en referencia a la distancia entre la gestión y la realidad cotidiana.
A partir de estos testimonios, el cuadro deja de ser una suma de quejas aisladas y pasa a configurar un problema estructural de higiene urbana. La acumulación constante de residuos, la falta de frecuencia en la recolección y el mantenimiento irregular de los contenedores evidencian fallas en la ejecución del servicio concesionado, más allá de las conductas individuales.
El esquema actual de recolección muestra limitaciones frente a una ciudad que produce residuos de manera permanente. La lógica operativa —basada en horarios específicos— entra en tensión con una dinámica urbana continua, lo que genera desbordes, suciedad en la vía pública y conflictos entre usuarios y autoridades.
En ese marco, la aplicación de multas aparece como una herramienta de control, pero no resuelve las deficiencias del sistema. La situación impacta además en otros aspectos del espacio público: veredas deterioradas, presencia de plagas, contenedores desbordados en zonas comerciales y problemas de circulación en sectores como bicisendas o esquinas críticas.
El desafío para la gestión pasa por revisar la eficiencia del servicio, reforzar los controles sobre las empresas concesionarias y adaptar el sistema a la escala real de Buenos Aires. Mientras eso no ocurra, la distancia entre la normativa y la realidad seguirá creciendo, y la basura —visible, constante— va a seguir siendo el reflejo más directo de una gestión que todavía no logra resolver lo más básico.
Entonces la discusión de fondo no es nueva, pero hoy vuelve a ponerse sobre la mesa con crudeza: ¿qué jefe de Gobierno tuvo realmente la Ciudad más limpia? En la memoria reciente aparecen nombres como Aníbal Ibarra, Jorge Telerman, Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y el actual, Jorge Macri. Distintos estilos, distintos contextos, pero un mismo punto de evaluación cotidiana: el estado real de la calle.
Desde la experiencia concreta —la del que recorre la ciudad todos los días en bicicleta, sin filtro— la conclusión es incómoda pero clara: hoy Buenos Aires está sucia. Y no es un detalle menor ni una exageración. Es lo que se ve en cada cuadra. Comercios que no barren, edificios que miran para otro lado, algunos vecinos que sí cumplen y otros que no. Pero incluso cuando la vereda está limpia, el problema empieza en el cordón: vidrio, clavos, basura acumulada, ramas, animales muertos. Un circuito completo de abandono que no se puede tapar con discursos.
Porque acá hay algo que no cierra: existen ciudades limpias en el mundo, incluso en contextos mucho más complejos. O sea que se puede. Entonces no es un problema cultural inevitable ni una condena porteña. Es gestión. Es decisión. Es control.
Y en ese punto aparece la discusión incómoda: no se puede trasladar la responsabilidad al vecino cuando la recolección y el mantenimiento fallan. Multar no reemplaza limpiar. Sancionar no tapa la falta de servicio. El orden empieza por arriba.
La limpieza urbana no es un lujo ni una campaña publicitaria. Es una obligación básica del Estado. Y hoy, en Buenos Aires, esa obligación está en deuda.