ARQ Clarin
El autor propone un enfoque centrado en aprender del territorio antes de llegar con soluciones predefinidas. Requiere de una formación que use a la ciudad como laboratorio desde el inicio. También, asumir que los conflictos deben resolverse colectivamente. Clarín
Flavio Janches
OPINIÓN
Buenos Aires es una ciudad en proceso constante de transformación. Principalmente por la acumulación de decisiones cotidianas y por tensiones desencadenadas por lógicas y condiciones diferentes. No espera ser resuelta; avanza, aprende de sus propias fricciones y produce, en cada ciclo, formas de vida en común que ningún plan había anticipado.
Operar en esa ciudad requiere un tipo de conocimiento capaz de leer lo que un territorio ya sabe hacer, de reconocer en sus tensiones, sus redes de reciprocidad y sus formas de organización cotidiana las fuerzas desde las cuales el cambio puede construirse.
Un conocimiento que no parte del déficit sino de la capacidad, que no llega con soluciones predefinidas sino con la disposición de aprender del territorio antes de proponer sobre él.
Que reconoce el conflicto no como obstáculo a superar sino como el material desde el cual algo genuinamente nuevo puede construirse; y que concibe el proyecto no como la solución al problema sino como la condición desde la cual el problema puede comenzar a ser procesado colectivamente entre actores con posiciones diferentes.
¿Qué es el urbanismo de mediación?
Lo que llamo urbanismo de la mediación es un modo de operar en y desde esa complejidad. Concibe la ciudad como laboratorio y no como vacío sobre el cual el proyecto se despliega; como sistema activo donde se formulan hipótesis, se introducen perturbaciones calculadas, se observan las reacciones que desencadenan y se aprende de lo que el territorio devuelve.
Un laboratorio donde el conocimiento emerge de la acción y donde cada ciclo de intervención produce preguntas que el ciclo anterior no podía formular.
La mediación no es por lo tanto una técnica de resolución de conflictos ni un procedimiento de participación comunitaria sino una posición ante la complejidad, determinada en el reconocimiento de que el territorio siempre sabe más que el proyecto.
Costanera Norte, Buenos Aires.Supone reparar en que las comunidades que lo habitan tienen capacidades (que el diagnóstico convencional frecuentemente no registra); y de que el proyecto más eficaz no es el que determina resultados sino el que activa procesos que el territorio puede sostener con su propia energía.
Dónde opera el urbanismo de mediación
En este sentido el urbanismo de la mediación opera simultáneamente sobre múltiples dimensiones -la física, la programática, la simbólica y la institucional- porque la transformación urbana real ocurre en la intersección de todas ellas y no puede producirse actuando sobre una sola.
La experiencia demuestra que el urbanismo más eficaz opera con la capacidad de aprender del territorio que interviene. El urbanista como mediador es entonces el que construye condiciones para que los conflictos puedan procesarse colectivamente.
Laguna la Cava dentro de Villa Itatí, Buenos Aires.También, para que las comunidades puedan negociar sus futuros sin que ningún actor imponga unilateralmente el resultado y para que los procesos que el proyecto activa puedan sostenerse en el tiempo más allá del encargo que los inició.
Una figura que formula hipótesis en lugar de certezas, que observa las reacciones que sus intervenciones desencadenan y que aprende de esas reacciones para ajustar sus decisiones en el ciclo siguiente.
Que entiende el proyecto no como un acto de autoría sino como un acto de activación, donde el éxito no se mide en la calidad del objeto producido sino en la capacidad del territorio de seguir transformándose una vez que el proyecto terminó.
La formación profesional
Esta figura del urbanista como mediador requiere una formación específica que la construya deliberadamente. Una formación que use la ciudad como laboratorio desde el inicio, que desarrolle en los estudiantes la capacidad de leer un territorio antes de proponer sobre él.
Además de anticipar las reacciones que una intervención puede desencadenar y de sostener procesos que producen efectos más allá del tiempo específico del proyecto.
Una formación que desarrolle la capacidad de lectura compleja del territorio, desde múltiples ángulos disciplinares, desde diferentes escalas de intervención y desde la diversidad de actores y condiciones que determinan cada situación urbana.
El territorio debe leerse desde múltiples ángulos disciplinares Foto: Francisco LoureiroEl urbanista que la ciudad contemporánea requiere no es por lo tanto un especialista que profundiza en una sola dimensión del problema, sino un profesional capaz de articular lo económico con lo social, lo ambiental con lo cultural, lo institucional con lo comunitario y de traducir esa articulación en decisiones de proyecto que respondan a la complejidad real del territorio.
Una capacidad que se construye en el trabajo transdisciplinar, en el diálogo con actores que tienen perspectivas radicalmente diferentes sobre el mismo lugar y en la práctica de operar simultáneamente en múltiples escalas, desde la intervención puntual que activa un proceso local hasta la lectura sistémica que comprende cómo ese proceso se propaga hacia escalas que lo exceden.
Profesionales capaces de habitar la complejidad urbana con rigor, con honestidad y con la conciencia de que lo que el proyecto activa nunca termina exactamente como se imaginó y de que esa diferencia es precisamente lo que hace posible que algo genuinamente nuevo emerja.
Buenos Aires tiene todo lo que ese aprendizaje requiere: territorios de una complejidad extraordinaria, comunidades con capacidades propias, tensiones entre actores que producen exactamente las fricciones necesarias para el cambio.
La ciudad más exigente es también el mejor laboratorio. Formar urbanistas capaces de operar en ella con esa disposición es una de las contribuciones más concretas que la academia puede hacer a una ciudad que no se resuelve y que precisamente por eso sigue siendo, ciclo a ciclo, un espacio cargado de posibilidades extraordinarias.